Las manos tersas, correosas del trabajo con redes, del contacto con los peces caídos, del calor y el frío en continuo cambio, decidieron contar los viajes que vivieron, las aventuras que podían verse desde el camarote. Y comenzar con la más profunda de las inspiraciones: sirenas con las piernas de neón.
jueves, 25 de octubre de 2012
On my own.
Suena un suave piano, piano, y la voz toma forma. El tema se aleja de todo lo escuchado. Es algo grande, enorme. Tan grande que no puede medirse con sus tres palabras que lleva por título, sino que se engloba en algo mucho más grande, más músico, más "musical". Muchos idiomas, y una misma sensación: ser un miserable. Porque ese es el título del cajón de pequeños regalos, perfectos para todos, regalos de la música medida. Y letras que hacen que los pies vuelen, de pronto, y que la gravedad se invierta para repelerte de la tierra, y que te eleves, lejos. Y en el momento de más puro éxtasis, de suprema emoción, de sentimientos a flor de piel, de maldiciones y perdones, de amor y dolor, el teatro se sume en una tensa espera, para cerrar las cortinas en medio de aplausos. Y ahí esperas, tú, que sientes que con la canción se te ha ido parte de tu alma, a que tus compañeros cambien el decorado, pues el show debe continuar.
miércoles, 17 de octubre de 2012
El regreso de la Poesía.
Volví a sentir esa sensación extraña, más fuerte que nunca, que te sacude, te anestesia contra el dolor y hace que sonrías estúpidamente día a día. Esa maravillosa sensación que te eleva y te convierte en semidios, y que te hace creer que podrás con todo, contra todos, contra el mundo. Y otra vez los musicales con historias de amor imposible cobran sentidos, y descubres que aunque el amor no se puede comprar, sí se puede alquilar.
Usarlo, hacerlo tuyo por unas horas, y luego devolverlo en su caja protectora, como si estuviese nuevo.
Una vieja amiga llamaba a mi puerta: Poesía. Pero esta vez sonaba al mismo tiempo feliz y triste, segura y tímida, miedosa y atrevida. Sonaba a compañía y a soledad. Y a madurez.
Usarlo, hacerlo tuyo por unas horas, y luego devolverlo en su caja protectora, como si estuviese nuevo.
Una vieja amiga llamaba a mi puerta: Poesía. Pero esta vez sonaba al mismo tiempo feliz y triste, segura y tímida, miedosa y atrevida. Sonaba a compañía y a soledad. Y a madurez.
Poesía,
que ahora vuelves,
como si nada.
Por mí han pasado ya,
horas, días, meses,
tardes largas.
Poesía,
ahora vuelves como si nada,
y te apoderas de mi alma.
Como si verdaderamente
esclavo tuyo fuera,
para darte forma,
quererte y amarte
cuándo tú digas,
sin importarte yo nada.
Poesía,
vuelves dura y fría,
suave y caliente,
y poco a poco te vas colando,
en mi mente.
Poesía,
vuelves con tu balanza
de la que nadie se libra.
Llena de esperanzas,
de fobias y filias.
Pero Poesía,
de ti nada de mí se fía.
Volverás esta vez,
como viniste, vacía.
Ya no eres la sabia,
ya no eres la que sabe.
Ahora yo sé
que nunca volverás a ser sorpresa.
Que nunca volverás
a jugar a tus juegos, deshonesta.
Poesía,
ahora yo decido
cuando estás a mi lado.
Cuándo eres mía,
y cuando desapareces de mi vida.
lunes, 8 de octubre de 2012
Turning tables.
"So I won't let you close enough to hurt me" o algo así como "Así que no dejaré que te acerques lo suficiente como para herirme".
Esta frase, extraída de la canción "Turning tables", de Adele, es una de las que mejor definirán a lo largo de los siglos, a través de las modas, el aviso de una persona sobre otra, otra persona que tiene más cartas, mejor juego, y que sabe cómo jugar en esto del tema de las relaciones interpersonales.
Pero también se lee, entre líneas, claro, el amor que le profesa la primera persona a la segunda, que teme tanto por él como por su vida, y que así lo defiende, con palabras duras.
Palabras, que como decía otra canción, son solo palabras.
Y yo mientras, sigo dándole vuelta a las cosas, "turning tables", mientras espero a que el mundo se pare, pues sigo queriéndome bajar.
Esta frase, extraída de la canción "Turning tables", de Adele, es una de las que mejor definirán a lo largo de los siglos, a través de las modas, el aviso de una persona sobre otra, otra persona que tiene más cartas, mejor juego, y que sabe cómo jugar en esto del tema de las relaciones interpersonales.
Pero también se lee, entre líneas, claro, el amor que le profesa la primera persona a la segunda, que teme tanto por él como por su vida, y que así lo defiende, con palabras duras.
Palabras, que como decía otra canción, son solo palabras.
Y yo mientras, sigo dándole vuelta a las cosas, "turning tables", mientras espero a que el mundo se pare, pues sigo queriéndome bajar.
sábado, 6 de octubre de 2012
Jaque al rey
De todas las posibles batallas que nos toque librar en esta inmensa guerra que llamamos "vida", estoy seguro que no habrá muchas más difíciles que esa que te toca librar solo, contra el peor de los enemigos: tú mismo.
Y es que tus armas son tu ataque, tu defensa la protección del enemigo, tus puntos fuertes sus más mayores logros, tus puntos débiles son tus más bajos fondos.
Entonces, la lucha empieza, y tú sabes que tienes que sobrevivir, porque sobrevivirás, ya que quedan todavía muchas luchas, pues es una guerra larga, de eso te han avisado al nacer. El problema reside no tanto en la búsqueda de la supervivencia, sino en el precio que tenemos que pagar, en aquello que tenemos que perder, para seguir en pie. Y puede ser simple, o más complicado, puede ser algo que cueste desprenderte de él más o menos, pero cuando la batalla es contra uno mismo, perdemos hasta el alma.
Perdemos los sentidos, y la voz. El pulso y la mirada. La fuerza, el poder, sentir los pies en la tierra. Emociones y devociones. Lo perdemos todo.
Y aunque sobrevives, toca reconstruir luego todo lo que fuiste, esta vez con unos metros (o kilómetros) más, con algo más de hormigón en la base, con juntas bien rellenas de cemento, con ladrillos y piedras, y a poder ser, recubierto todo esta vez con oro, plata, platino, o incluso, diamante, pues no hay otra cosa que lo ralle que no sea el mismo diamante.
Y te reconstruyes, pero poco a poco, van quedando huecos vacíos, que llenamos con fibras inútiles, restos, despojos.
Pero pese a todo, pese a todas las batallas que ya he ganado, y todas las que me quedan por ganar, en cada uno de esos huecos habrá una canción que me permita hacerme más fuerte, entre esos despojos.
Y si lo piensas, hasta es algo grande. Por cada alma que reconstruyes, miles de almas encerradas en acordes, en voces y compases, llenan los pequeños huecos, los ínfimos resquicios, y así Experiencia crece, y amor a uno mismo también. Y podrás caer más veces, pero seguro que no por los mismos motivos.
Y hoy me toca dar jaque al rey, y ganar la batalla cuya victoria será la más amarga de mi guerra.
Y es que tus armas son tu ataque, tu defensa la protección del enemigo, tus puntos fuertes sus más mayores logros, tus puntos débiles son tus más bajos fondos.
Entonces, la lucha empieza, y tú sabes que tienes que sobrevivir, porque sobrevivirás, ya que quedan todavía muchas luchas, pues es una guerra larga, de eso te han avisado al nacer. El problema reside no tanto en la búsqueda de la supervivencia, sino en el precio que tenemos que pagar, en aquello que tenemos que perder, para seguir en pie. Y puede ser simple, o más complicado, puede ser algo que cueste desprenderte de él más o menos, pero cuando la batalla es contra uno mismo, perdemos hasta el alma.
Perdemos los sentidos, y la voz. El pulso y la mirada. La fuerza, el poder, sentir los pies en la tierra. Emociones y devociones. Lo perdemos todo.
Y aunque sobrevives, toca reconstruir luego todo lo que fuiste, esta vez con unos metros (o kilómetros) más, con algo más de hormigón en la base, con juntas bien rellenas de cemento, con ladrillos y piedras, y a poder ser, recubierto todo esta vez con oro, plata, platino, o incluso, diamante, pues no hay otra cosa que lo ralle que no sea el mismo diamante.
Y te reconstruyes, pero poco a poco, van quedando huecos vacíos, que llenamos con fibras inútiles, restos, despojos.
Pero pese a todo, pese a todas las batallas que ya he ganado, y todas las que me quedan por ganar, en cada uno de esos huecos habrá una canción que me permita hacerme más fuerte, entre esos despojos.
Y si lo piensas, hasta es algo grande. Por cada alma que reconstruyes, miles de almas encerradas en acordes, en voces y compases, llenan los pequeños huecos, los ínfimos resquicios, y así Experiencia crece, y amor a uno mismo también. Y podrás caer más veces, pero seguro que no por los mismos motivos.
Y hoy me toca dar jaque al rey, y ganar la batalla cuya victoria será la más amarga de mi guerra.
jueves, 30 de agosto de 2012
Electrizante.
El agua que cubría mi pecho, dejándolo húmedo y frío a partes iguales, fue parte de la conexión.
Los cables salieron de él venían hacia mí, eléctricos en esencia, pura electricidad, luz, y calor, y fuego.
La intensidad me cegó por un instante, y entonces pensé que todo había pasado, pero todavía quedaba mucho por ver, por sentir, por vivir.
La corriente me llenó de golpe. El impacto mató muchas de mis células, me dejó sin habla y al tiempo secó mi boca, y mi respiración se hizo difícil, lenta, pobre. Recorrió cada fibra de mi ser, cada partícula, y cada átomo. Electrizó mi ADN, mi ser, toda mi persona, y fue poco a poco perdiendo intensidad debido a la resistencia intrínseca de mi cuerpo.
Pero antes de extinguirse, de volverse el fénix ceniza, de apagar la llama de un soplido, encontró alojamiento gratuito. Sin daños, "comensalismo".
Se quedó en el milésimo espacio entre el endocardio y el miocardio, y revolucionó toda célula sensible a la corriente. Un maremágnum de iones sodio, calcio y potasio trastornó mi ritmo sinusal, y el nodo perdió todo sentido, porque ya no dirigía nada con su batuta magistral. El músculo se contraía y se distendía con una rapidez brutal, y los chorros de sangre golpeaban arañando suavemente las túnicas de los grandes vasos y también de las paredes auriculares. Los latidos se multiplicaron con la frecuencia, y mi volumen minuto aumentó desmesuradamente.
Pero nada dolía.
Pues en cada arañazo, en cada golpe, un suave silencio blanco y puro calmaba todo dolor, la analgesia definitiva.
Me conservó y permitió que todo eso viviera en mí.
Pero no dejó de ser una experiencia electrizante.
Los cables salieron de él venían hacia mí, eléctricos en esencia, pura electricidad, luz, y calor, y fuego.
La intensidad me cegó por un instante, y entonces pensé que todo había pasado, pero todavía quedaba mucho por ver, por sentir, por vivir.
La corriente me llenó de golpe. El impacto mató muchas de mis células, me dejó sin habla y al tiempo secó mi boca, y mi respiración se hizo difícil, lenta, pobre. Recorrió cada fibra de mi ser, cada partícula, y cada átomo. Electrizó mi ADN, mi ser, toda mi persona, y fue poco a poco perdiendo intensidad debido a la resistencia intrínseca de mi cuerpo.
Pero antes de extinguirse, de volverse el fénix ceniza, de apagar la llama de un soplido, encontró alojamiento gratuito. Sin daños, "comensalismo".
Se quedó en el milésimo espacio entre el endocardio y el miocardio, y revolucionó toda célula sensible a la corriente. Un maremágnum de iones sodio, calcio y potasio trastornó mi ritmo sinusal, y el nodo perdió todo sentido, porque ya no dirigía nada con su batuta magistral. El músculo se contraía y se distendía con una rapidez brutal, y los chorros de sangre golpeaban arañando suavemente las túnicas de los grandes vasos y también de las paredes auriculares. Los latidos se multiplicaron con la frecuencia, y mi volumen minuto aumentó desmesuradamente.
Pero nada dolía.
Pues en cada arañazo, en cada golpe, un suave silencio blanco y puro calmaba todo dolor, la analgesia definitiva.
Me conservó y permitió que todo eso viviera en mí.
Pero no dejó de ser una experiencia electrizante.
lunes, 9 de julio de 2012
Xa volvo, Galiza. Xa volvo.
Eu, á contra que Rosalía, digo: Xa volvo Galiza, lugar de meigas, auga e ceo gris. Terra miña, meu fogar, do que nunca debín marchar.
Eu, á contra que Rosalía, non pregunto que fan os casteláns ós galegos, senón que volvo querendo recordar a experiencia vivida na carne sempre.
Eu, á contra que Rosalía, aínda logo de maldiciren unha e outra vez o que eu considerara boa sorte, levo un bo recordo desta terra árida na que mesmo os ríos levan auga seca.
Volvo a Galiza, terra onde nacín, baixo figueiriñas que dan sombra, e onde a cor verde manda por enriba do gris.
Volvo á miña Galiza, de augas frías e bravas, de océano atlántico por mar. Volvo á terra dos meus paternos antepasados, das aldeas e os domingos en familia.
Volvo pra respirar ar non contaminado co vicio de teren de seu unha soa lingua. Volvo pra vivir un periodo de descanso entre tanto viaxe contra o mundo.
Volvo, Galiza, volvo, antiga amiga. Volvo con máis forza que nunca, desexando bicarte e abrazarte, e darche os aloumiños que mereces noite tras noite.
Volvo, Galiza, volvo. Volvo, e espero que sexa pra quedarme.
Eu, á contra que Rosalía, non pregunto que fan os casteláns ós galegos, senón que volvo querendo recordar a experiencia vivida na carne sempre.
Eu, á contra que Rosalía, aínda logo de maldiciren unha e outra vez o que eu considerara boa sorte, levo un bo recordo desta terra árida na que mesmo os ríos levan auga seca.
Volvo a Galiza, terra onde nacín, baixo figueiriñas que dan sombra, e onde a cor verde manda por enriba do gris.
Volvo á miña Galiza, de augas frías e bravas, de océano atlántico por mar. Volvo á terra dos meus paternos antepasados, das aldeas e os domingos en familia.
Volvo pra respirar ar non contaminado co vicio de teren de seu unha soa lingua. Volvo pra vivir un periodo de descanso entre tanto viaxe contra o mundo.
Volvo, Galiza, volvo, antiga amiga. Volvo con máis forza que nunca, desexando bicarte e abrazarte, e darche os aloumiños que mereces noite tras noite.
Volvo, Galiza, volvo. Volvo, e espero que sexa pra quedarme.
sábado, 9 de junio de 2012
Volar sin alas.
Llegó del trabajo como siempre, más tarde de lo debido, un viernes. Ante ella, todo el fin de semana. Un conjunto de dos días que se pasaban sin más, vacíos, huecos, y que eran meros hilos que unían un viernes final con un lunes inicial.
Tampoco importaba demasiado.
En cuanto abrió la puerta del apartamento, se quitó los zapatos para aliviar sus pies, cansados de todo un día de ajetreos. Y ella, cansada de toda una vida de ajetreos.
Sentada en el sofá del salón mientras veía nada en la televisión, se frotó con cuidado los dedos y el talón, masajeando con cariño las zonas más magulladas.
Al cabo de un cuarto de hora, se dirigió al cuarto, donde se desnudó quedándose en ropa interior, y se cubrió con el albornoz que María había dejado doblado y planchado, mullido, encima del cobertor de la cama.
Se fue al baño, llenó la bañera, y encendió la minicadena que estaba empantanada en una de las repisas que se llenaban con botellas de gel, champú, y pequeños tarros decorados que contenían sales de baño.
Vertió en el agua algunas sales y algo de champú y gel para hacer espuma, y dejando el albornoz colgado, y la ropa interior recogida en el cesto de la ropa, se sumergió en la bañera, cubriéndose hasta el cuello. Y allí permaneció largo rato escuchando el relajante vaivén de la música clásica que salía de la minicadena, oliendo los perfumes que despedían las sales y los jabones.
Cuando sintió que había llegado el momento, levantó un pie ágil y fuerte, dando un golpe sobre la repisa que mantenía la minicadena, cayendo ésta al líquido, y provocándole una sensación mezcla de infinito dolor y placer, como la intensidad de una cruel embestida, o el momento de parir de una mujer.
Y entre agua, jabón, música y soledad, esperó impaciente a que alguien le cerrara los ojos, para dejar ya por fin de ver el mundo que tanto la había esclavizado, y del cual su alma ya se alejaba, libre, volando hacia un firmamento que ni ella conocía.
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