Preguntas callando
al cielo mirando
¿son las estrellas fuegos
que arden, brillando?
Son estrellas para mí
tus encantos naturales.
Eres tú, Poesía,
poseedora de dones inmortales.
-¿Hablas de mis ojos, poeta?
-No son ojos, por Dios lo juro.
Son luceros, que por no ser oscuros,
son más claros que ninguno.
-¿Hablas pues, de mis labios?
-No son labios, de eso estoy seguro.
Son entradas a tu cuerpo,
sensuales y maduros.
Son pétalos caídos
de un rosal caduco.
-¿Hablas pues, de mis curvas?
-No son curvas ¡de eso no hay duda!
Son réplicas vivas, etéreas fijaciones
de mis más oscuras locuras.
Son mi deseo y mi pecado,
y si por ellas necesario fuera
matar cuál vil villano,
un cuchillo iría a parar, ensangrentado,
a la palma de mi mano.
Son, Poesía, veneno tus encantos.
Clavo punteado torturador de santos,
dagas que matan, lento y despacio,
al más joven de los poetas,
dueño de tus versos hechizados.
Las manos tersas, correosas del trabajo con redes, del contacto con los peces caídos, del calor y el frío en continuo cambio, decidieron contar los viajes que vivieron, las aventuras que podían verse desde el camarote. Y comenzar con la más profunda de las inspiraciones: sirenas con las piernas de neón.
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miércoles, 16 de marzo de 2011
viernes, 11 de marzo de 2011
Rima XXI
-¿Ves tú lo que yo no veo?
¿Son imaginaciones,
fantasmas,
ensueños?
-No.
Tú lo ves.
Tus ojos negros,
son mis ojos también.
-¿Sientes tú lo que yo no siento?
¿Son pálpitos,
roces supérfluos?
-No.
Tus dedos finos,
sensitivos,
sienten tal como yo siento.
-¿Hablas tú tal que yo no entiendo?
¿Son tus palabras,
ecos oscuros,
inteligible mensaje,
dichos imcompletos?
-No, descuida.
Son mis versos dichos
en la lengua del Imperio.
"Eres tú, continente eterno,
de la magia y los deseos,
de la poesía y su verso,
el que se fuerza por creer
ser el único del Universo.
"Eres tú, poeta vivo,
el que quiere ser
poeta muerto.
¿Son imaginaciones,
fantasmas,
ensueños?
-No.
Tú lo ves.
Tus ojos negros,
son mis ojos también.
-¿Sientes tú lo que yo no siento?
¿Son pálpitos,
roces supérfluos?
-No.
Tus dedos finos,
sensitivos,
sienten tal como yo siento.
-¿Hablas tú tal que yo no entiendo?
¿Son tus palabras,
ecos oscuros,
inteligible mensaje,
dichos imcompletos?
-No, descuida.
Son mis versos dichos
en la lengua del Imperio.
"Eres tú, continente eterno,
de la magia y los deseos,
de la poesía y su verso,
el que se fuerza por creer
ser el único del Universo.
"Eres tú, poeta vivo,
el que quiere ser
poeta muerto.
sábado, 12 de febrero de 2011
Rima XVII (De los pulsos de mi mano)
20 de junio de 2009
Sonaba a melancolía
aquélla vieja canción
que sin ton ni son
ella repetía.
Mientras el agua escapaba,
de sus labios de corazón,
aquella vieja canción
era fusilada
por gentes inhumanas
cerradas e intoxicadas,
con ganas de hacer trizas el cielo,
a base de trazadas rasgadas.
Y el diluvio cayó.
Y rompió los corazones
que los labios cantores
amaron con moratones.
Con unos "quitas"
Y otros "pones",
Y con más pares que nones.
Y el diluvio cesó,
y su cuerpo cayó,
y su boca vacía,
serena, de pecado,
sin máximos cuidados,
la tierra tocó.
Y el también cayó,
preso por dentro,
inerte, muerto.
Y allí se quedó.
Después de mucho tiempo
de recitar callados,
poetas ilustrados
y versos amaestrados.
Poemas inculcados
en actos inhumanos,
que rasgaban el cielo
para hacerlo pedazos,
sus cuerpos se esfumaron.
Pero sus voces quedaron
ambarinas y resistentes,
persistentes,
en la mente de los presentes
que sonaban indecentes
ante la tumba y la rosa,
de aquellos jóvenes
desvanecidos,
casi aparcados por el olvido.
Casi cesados y casi enterrados,
si no fuese por el impulso
de los pulsos de mi mano.
Sonaba a melancolía
aquélla vieja canción
que sin ton ni son
ella repetía.
Mientras el agua escapaba,
de sus labios de corazón,
aquella vieja canción
era fusilada
por gentes inhumanas
cerradas e intoxicadas,
con ganas de hacer trizas el cielo,
a base de trazadas rasgadas.
Y el diluvio cayó.
Y rompió los corazones
que los labios cantores
amaron con moratones.
Con unos "quitas"
Y otros "pones",
Y con más pares que nones.
Y el diluvio cesó,
y su cuerpo cayó,
y su boca vacía,
serena, de pecado,
sin máximos cuidados,
la tierra tocó.
Y el también cayó,
preso por dentro,
inerte, muerto.
Y allí se quedó.
Después de mucho tiempo
de recitar callados,
poetas ilustrados
y versos amaestrados.
Poemas inculcados
en actos inhumanos,
que rasgaban el cielo
para hacerlo pedazos,
sus cuerpos se esfumaron.
Pero sus voces quedaron
ambarinas y resistentes,
persistentes,
en la mente de los presentes
que sonaban indecentes
ante la tumba y la rosa,
de aquellos jóvenes
desvanecidos,
casi aparcados por el olvido.
Casi cesados y casi enterrados,
si no fuese por el impulso
de los pulsos de mi mano.
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