martes, 11 de enero de 2011

E tu?

Sará meglio lasciarlo.
Tu pensi?
Si, penso.
Non so... Non sono sicura.
Invece, io se.
Va bene, saró come dica.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El enésimo "Beatle"

La figura larguirucha que paseaba por el Londres más neblinoso no llamaba la atención de los transeúntes que sentían más vivo el tic-tac de sus relojes que el loop-doop de sus corazones. El hombre en cuestión vestía muy retro, con pantalones pitillo y jersey de cuello vuelto, abrigo largo y negro y zapatillas cómodas. Su pelo era imagen de una época que nosotros, los jóvenes, teníamos en la mente como una de las más maravillosas que había vivido el hombre desde que conocía (o eso parecía) la Luna. La especie había sido en muchas ocasiones gilipollas, soberanamente idiota, pero había vivido momentos de máximo esplendor que muchos ilusos pensarían que durarían para siempre. No fue así. Bien, pues el hombre con el pelo que representaba una época paseaba a un ritmo rápido, sin llegar a correr, con aparente dejadez, y un interno malestar latente que a veces soñaba con salir y gritar a los burdos seres vivientes casi marionetas que lo rodeaban que la vida era un soplo de aire, y no un conjunto de bloques, lingotes, o circunferencias de aleaciones de níquel. Sobre sus hombros parecía ir el peso de unas cuantas canciones protesta perdidas en los vinilos de coleccionista. De sus orejas colgaba esperanza a voz en grito, acallada por el murmullo uniforme del gentío apesadumbrado. Salían de ellas dos finos hilos negros que iban a parar a uno de sus bolsillos. Desde nuestra posición no acertábamos a adivinar a cuál. Parecía que H, Mark y yo éramos los únicos que nos dábamos cuenta del aura de grandeza que desprendía el colega. Era bestial. Nunca pensamos, ni por un momento, que nuestra fiebre de valentía adolescente e idiota nos engañaba, eso jamás. Lo cierto, era que gracias a esa valentía idiota, a esa fiebre juvenil, podíamos dar cuenta de cómo era en realidad aquél tipejo. Fumaba. Lo recuerdo. Fumaba caladas rápidas y el humo se consumía o se unía al de la capital británica. Nosotros estábamos discutiendo el repertorio del grupo que nos hacía la vida más llevadera, o al menos más feliz (cuándo de pesimismo estaba el mundo lleno y costaba tanto hacernos feliz) una tarde cualquiera, y quedamos prendados de aquélla persona. Después de que giró en la quinta manzana, no volvimos a saber de él… Hasta un año después.

-Los carteles están por toda mi Facultad. Será un debut sonado.
-Esperemos que sea así.
-¡Qué poco optimista, H! Vamos hombre, hoy es un día alegre.
-Alegre para nosotros. Muchas personas estarán muriendo, o a punto. O muchos estarán fumando su último cigarrillo antes de que les descubran un cáncer de pulmón. El mundo es grande, amigo. No se limita a Londres, al Reino Unido, ni siquiera a EE.UU. o Asia. Hay más gente en el mundo que los que estamos hoy contentos. Recuérdalo.

Por descontado, a H no le faltaba razón. Él, como yo, se movía en el mundo ambicioso, hijo de la codicia y el bienestar personal y no plural. Él, como yo, y como todos, vivía imbuido en ritos impregnados casi desde antes de nacer, fiestas comerciales y celebraciones con fines que tenían de éticos lo que de bueno tenía algún que otro monseñor. Sin embargo, ese día no di mi brazo a torcer.

-¿Has visto? ¡Ha sido todo un éxito! Cuando tocamos Here comes the sun los teníamos a todos en el bote.
-Desde luego, y el broche final entre Lucy y I want to hold your hand fue único. Aplaudían como si no hubiese mañana.
-¿Y qué me decís del momento romántico-sentimental de All you need is love y Yesterday?
-Brutal, desde luego. Tendremos después de esto aspirantes a “groupies” a patadas.
-¿Qué te pasa, H? Sigues raro.
H miraba el periódico que estaba sobre la mesa del garito cutre en el que dábamos el concierto, leyendo con gesto taciturno la portada.

-¿Te acuerdas del hombre del abrigo negro que escuchaba música en Southampton Street cuándo empezábamos con todo esto del grupo?
No me costó hacer un esfuerzo demasiado grande para ver otra vez al hombre perdiéndose en la quinta manzana que lo separaba de nosotros, con ese abrigo negro, el aspecto entre chulesco y cansado, y el humo que salía a bocanadas rápidas y precisas de su boca.

-Sí. Lo recuerdo. ¿Por qué?
Como respuesta H me acercó el periódico y vi el titular gigante, y de repente me sentí pequeño, y por alguna extraña razón, sólo en una lucha interminable.
Rezaba así: “El enésimo Beatle”. El cuerpo de la noticia no era muy extenso, para ser portada. “Muere ahorcado el joven J. F. Blake, destacado fan de Los Beatles, en extrañas circunstancias, y sin motivo aparente” El sobrio subtitular animaba mi interés y seguí leyendo.
“Fue descubierto ayer por la mañana, cuándo su casera entró a cobrar el alquiler del mes. La mujer llamó a la policía en cuanto vio el cuerpo sin vida. Todo parece indicar que el suicidio fue premeditado, aunque su ambiente más cercano, vecinos de piso y demás coinciden en que la vida del chico no era mala, y que muchos cambiarían la suya por unos días de la del hombre en cuestión. Muchos recordarán a este joven como un famoso fan de aquella banda que a muchos de nosotros hizo vibrar hace ya unas décadas, Los Beatles. Se ganó esta pequeña fama hace ya unos 15 años, siendo un adolescente, en el programa de T. Watson “Beatles again”, un famoso concurso temático en el que preguntaban por estos míticos cantantes, en el que el chico participó durante dos meses hasta que consiguió llevarse en la prueba final el deseado bote, demostrando que no tenía rival en el campo que mejor dominaba. Parece que esto se transforma ahora en una macabra señal, pues al lado del cuerpo había una pequeña mesa con un papel que ponía “Lucy, espérame” y un reproductor mp3 con la canción Lucy in the sky with diamonds en pausa. Se abrirá un (…)”

El cuerpo de la noticia continuaba algo más pero yo ya había leído cuanto tenía que leer. Estaba claro, todo coincidía. Ahora me explicaba porque Mark, H y yo lo vimos como alguien especial. Era alguien especial. Pero nosotros, que apenas habíamos cumplido los 20, no recordábamos nada de lo que había hecho este hombre. Ahora, yo sabía la causa de su muerte. Su inconformismo. Sus ganas de cambiar el mundo. Sus impulsos contenidos. Todo eso había terminado por matarlo. Yo entendía mejor que nadie por qué era el enésimo Beatle. Todos nosotros éramos en parte enésimos Beatles. Todos teníamos las ganas que habían tenido ellos de cambiar el mundo. Todos imaginábamos un mañana mejor. Todos pensábamos que si el mundo se unía por motivos distintos al dinero y la avaricia, nuestros hijos crecerían en un lugar mejor. Ahora, yo me sentía como un corredor. Había tomado el relevo. Pero en mi caso sería diferente. Yo tenía el grupo, Help, y mi voz no terminaría por ahogarme. Sacaríamos todo lo que llevásemos dentro. Seguro. Estábamos dispuestos a sentirnos más Beatles que nunca. A fin de cuentas, pese a sentirme momentáneamente como si me faltase un amigo que conocía toda la vida, tenía que reponerme para impedir que el enésimo Beatle muriese para siempre. No. Ni los Beatles habían desaparecido, ni su música se había quedado anticuada. Vibraba en los cuerpos de muchos adolescentes, de muchos maduros que pensaban que aún podría llegar el cambio. Ahora nadie lo dejaría estar. Nosotros, que teníamos la suerte de cantar, de tocar y sentir cada nota, ocupábamos ahora el lugar. Ahora éramos “El enésimo Beatle”. Pero con nosotros no podría el mundo.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Deixo lonxe (Rima XIV)

Deixo lonxe canto quería.
A miña man xa non está quente,
a miña man agora está fría.

Deixo lonxe a miña rúa,
o barrio onde nacín
parte do que eu son!
Deixo lonxe canto quería,
miña terriña,
meu sol.

Deixo lonxe,
nalgunha fonte,
parte dos meus agarimos.
Deixo lonxe o que foi,
mañá, onte, antonte.
Deixo lonxe,
en ningures, a miña sorte,
aquilo que me fixera forte.

Deixo lonxe canto quería.
Deixo lonxe canto amaba.
Xa non sei o que sentía!
Xa non recordo nada do que recordaba!

Durme (Rima XIII)

Meu meniño,
meu sol;
Terma caladiño,
caladiño meu amor.

Durme coitadiño,
caladiño, meu amor;
Meniño que quero tanto
Pequecho do meu corazón.

Durme pequeniño,
o Sol aínda non alumou.
Reina a raíña Lúa,
aínda a cheminea non afumou.

Meu meniño,
meu corazón;
Terma caladiño,
caladiño meu sol.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Actualmente

Actualmente, nada tiene sentido. Actualmente estoy atrapado en un vórtice espacio-temporal estraño, raro, no digo diferente, digo raro. Actualmente el azul y el negro son el mismo color, y las sonrisas se dibujan a partir del número 23. Es curioso ver como cambia la vida, como nos alejamos de A y nos acercamos a B en un par de décimas de segundo. Como una acción, una decisión o una deleción mal escrita (delección), puede ser la goma nata milán que borre el pasado para acercarnos al futuro.
Actualmente.

domingo, 14 de noviembre de 2010

GZ non é o que era


Entre teclas, abusos e música profana sen présas, atópome eu, vítima inxusta da sociedade, traizón dorosa con cravos de ferro e cura con vinagre, incrible paspán noxento alpabardas en composición composta. Segundas pernas, nunca foran boas. E pratos de segunda, foron rexeitados por señoritos coma min. Com'aqueles que dixeran nunca volver. As luces do día duran menos que un interlatexo desesperanzado, e dende a miña fiestra, xa non se ven luscofuscos, nen fillos con problemas, nen hortas maltratadas polo temporal, nen fillos de puta ou de mala nai mangando en caixeiros, nen Compostelas adornadas con fillos de puta vestidos de blanco, nen ventos que quitan o sono cando se xuntan coa choiva fría e desaprensiva. Non se ven venres cheos de ledicia e domingos mortos de sono e de gañas de facer nada. Rematarónse as gotas que calan, as nais pesadas e cansinas, e os pais mudos, que non din nada. Acabouse ver menos sol que nube, acabáronse as présas imaxinarias, os acomodados cómodos cus sentados con menos problemas dos que poderían ter. Acabáronse os sábados acédos, as madrugas dogmáticas e a posibilidade do día antes. Acabouse ver cabróns puteando ós máis febles. Rematou iso de andar en "bici" até o centro da cidade, os luns, martes, mércores e xoves italianos, e os venres noxentos e vulgares, que anunciaban o domingo acédo nunhas 60 horas, ou así. Xa non hai na mesa bóla da dos domingos, con azucre e manteiga, nen voceiros galegos chamando por unha morte segura: ¡Lela!. Non quedan xa noites de praia, nin frios porcojones. Olvídanse de cruzar o día a día notas contradictorias e desexos de fuxir. Xa nada quere separarse dos montes e ribeiras rosalianas. Xa ninguén quere fuxir de Breogán. E o fin do mundo non é xa Fisterra. Xa non quedan paxaros que sorrían un xoves acabado, xa non hai nenos estudando para seren algo que parece lonxano, xa non se ven bares os venres e os sábados. Xa as miñas nenas non me choran no oído, xa os devanceiros anciáns non son ós que lles sobran os motivos. Xa non son quen fora, xa non decidimos día a día. Xa non se ven cabras asustadas, nin Sofías que ate cociñan ben nun mal día. Non hai adoquíns de memoria, nin farolas apagadas. Non hai rúas marcadas nos pés, nin camiños nos que os pés saltan sós pucharcas indomables que só se retiran tres meses. Non se ven ríos fríos que soen igual, nin pedras verdes no canto de embarradas losas aburridas, sosas.
As barbas crúzanse co meu corazón, e as notas da miña voz soan máis galegas ca nunca, nos tornados espazotemporais da miña inconsciencia.

viernes, 1 de octubre de 2010

La primera versión

Y de repente me encontré solo, descubriendo rincones geográficos que nunca pense contener en mi adentro. Paseando por caminos que nunca entonces había conocido, deteniéndome a pensar si el norte me llevaría de vuelta a casa, si las gentes que paseaban se darían cuenta (curiosidad idiota de la que no ya sabe la respuesta) de que una persona nueva estaba allí; mirando las nubes con curiosidad, olvidando las viejas reglas que ahora ya no servían, envolviéndome en una capa de papel de aluminio que mantenía, al menos eso sí, mi temperatura, mi carácter, mis ganas de vivir la vida y ser parte del proyecto.
Entre murallas de historia e historias que contar, entre blancos sueños de principiantes y experiencias requemadas de los más eruditos; entre los días que pasaban y las noches que quedaban por llegar; entre la sombra de los árboles del huerto y la luz del sol más frío.
Allí estaba yo.
Fue el primer momento, el recueentro con algo que ansiaba desde el mismo momento de nacer. Fue la primera versión, ésa de la canción. La primera idea de todo lo que se proyectaba tan rápidamente que ni las fugaces le hacían competencia. El inicio de algo que se extendía ante mí neblinoso, oscuro y sin final, pero sin negatividad, eso sí.
Nada era malo, por ahora. Y aunque la incertidumbre estaba ahí para acojonar, las cosas saldrían bien.