lunes, 25 de enero de 2010

Oda ás preposicións

¿Que é prepór?
¿Chámaste, verbo?
Agarda, píntote.
Agarda, xa te atopei.
Pousa, retrátote.
Prepór, novo son.

¿Como propór sen prepór?
¿Como falar sen articular?
¿Como misturar o ben e o mal?
Propón a preposición.

Se cabe, déixao atrás.
Se non, diante.
Olvida os perantes,
durante a túa parrafada.
Non esquezas,
en troques,
os aes, os baixos,
as contras,
traizoeiras.
Non propoñas
sen prepór,
antepón
unha preposición.

Sensual,
sube,
pola túa gorxa.
Agarimos do padal,
lingua entre os dentes.
Non propoñas
sen prepór.

Beizos
abertos,
repletos de palabras,
que calan,
que non din,
que axudan a dicir.
Propoño prepór,
propoño
preposicións.

Caladas,
susurrantes,
vacías de senso e forma.
Limitadas,
enteiras,
máis unha cousa
delas é certa.

Prepór sen preposicións
non é prepór.
Prepón con preposicións,
que a outra cousa
non chama
o prepór.

viernes, 15 de enero de 2010

Lo malo de estar despierto a las 0:40

-Oye, sabes de sobra que estoy aquí.
-Lo sé.
-Lo sabes, y sin embargo, no hablas. ¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? Es evidente lo que pasa. Y lo llevo bien, lo sabes. Pero...
-Pero. No te preocupes. Te comprendo.

Se decidió a dar carpetazo a todo aquello. A olvidar, a centrarse en lo que de verdad le importaba. A no escuchar la música de las calles de Barcelona, que tanto le gustaban en invierno.
Decidió olvidarse para no torturarse, y pensar que ya quedaba menos.

sábado, 9 de enero de 2010

Año Nuevo


2009

Pisaba con pies cansados, agotados, exhaustos, cada uno de los adoquines, cada una de las baldosas, y de las piezas de mármol que lo separaban del Año Viejo. Más, si cabe, que aquellas doce uvas apuradas, cuál Conejo Blanco en el mundo de las maravillas, que los pasos de baile entre neones dispuestos a cegar a cualquiera, ansiosos del disfrute, perdidos en la gloria del relax, de la diversión, del descontrol en pequeñas dosis.
Mientras pisaba, pensaba. Pensaba qué raro se hacía todo aquéllo, un año más, una fiesta menos. Por alguna extraña razón, se había olvidado del confeti. Lo más extraño, era que el confeti también se hubiera olvidado de él, y no le hiciera una de aquellas llamadas tan carentes de gracia, con sus colores vivos, que dañaban la vista cuando no conseguían provocar una carcajada más.
Seguía dándole vueltas a todo aquéllo. ¿Acaso uno de esos decretos estúpidos había prohibido el confeti? Sin duda, la estupidez vendría por la parte en la que al menos el confeti, era capaz de provocar una carcajada en aquella sociedad ensimismada y absolutamente centrada en autodestruírse.
No. La respuesta era mucho más obvia. Lo plantearía desde otro punto de vista, dándole un nuevo ángulo.
Confeti. Círculos de celulosa, teñidos de colores, y también de claroscuros. Teñidos, a veces, de aburrimiento, de horas de sofá, de ojos rojos, de humo que lo envuelve todo, de vino, de sangre, de sábados, de lunes inacabables, de cafés fríos y sin ganas, de tardes rotas, de sueños contados, de la más absoluta de las certezas, de abismos y puentes caídos, de ciudades apagadas, de prisas y frenos, de odios y muertes.
El confeti siempre había estado ahí. Siempre.
Confeti.
Pequeñas elucubraciones de algún chalado.
Confeti.
La bienvenida del año nuevo. Un Año Nuevo que le hacía pensar en las fiestas.
Qué había sido de los muertos, que será de los vivos.
Qué rumbos tomarán los barcos que están por construír, y que rumbo tomaron aquellos que naufragaron.
Aquel año prometía ser distinto, algo no muy difícil de cumplir.
Aquel año prometía ser lo que nunca hubiese querido ser.
Aquel año su vida cambiaría para siempre.
Su camino tomaría un desvio tras un alto dulce y soleado.
Aquel año...
Aquel año sería uno de los que recordaría el resto de su vida.
Las lágrimas que rodarían por su cara meses mas tarde dejarían lejos la vida de adolescente despreocupado.
Y el sol del verano sería el principio de su Año.
Todo iría bien. Y nadie se lo cree.

Mientras dejaba constancia de que había regresado sano y salvo, se quitó el traje, la corbata y la camisa, y sin más miramientos se metió en cama.
Sus pies al fin descansaban.
Y el confeti resultaba verdaderamente absurdo ante la negrura de su sueño apartado del mundo.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Qué feliz era cuando tenía 6 años y que poco costaba hacerme feliz.

Sí, supongo que también os pasa a vosotros.
Muchos vemos en este tiempo un respiro, un descanso, una toma de aire, tiempo, un tic-tac sin prisas, una pausa entre dos tiempos. Y es que cada vez valoramos más las cosas pequeñas, los descansos, los abrazos, los "te quiero" envueltos con sinceridad, los saludos adornados con sonrisas... Supongo que es por ese proceso antes temido de "hacerse mayor", esa fase que todos alejamos de nuestra mente infantil diciendo que aún queda mucho para eso, que siempre hay tiempo para jugar un rato más.
Espero que esto no lo lean niños menores de 12 ó 13 años, podría romper drásticamente sus expectativas.
Ahora lo sabemos, ¿verdad? Es proceso no hace ruído, no llama, ni pide permiso para entrar. Se cuela cuando respiramos una mañana fría, con dolor de cabeza, y ganas de que se pare el mundo.
Y el mundo, no se para.
Después de colarse va haciendo mella en nosotros, tarde o temprano, y palpita con más fuerza en estas fechas, en muchos corazones, pero sólo los que nos comemos la olla somos capaces de entenderlo.
Nos da asco la Navidad, ya no tengo 6 años, ya no cuesta poco hacerme feliz.
Si antes quería unos lápices de colores, ahora quiero la paz , si antes pedía una consola, ahora quiero que se acabe el hambre en el mundo, si antes deseaba un libro concreto, ahora quiero que todos sepamos leer...
Y claro, Papá Noel no quiere hacerse responsable de manejar unos regalos tan pesados, y los Reyes Magos de Oriente están ya hartos de hacer felices a niños de 6 años.

Feliz Navidad a todos

sábado, 12 de diciembre de 2009

De todo o que morrerá

De todo o que morrerá

Lume vermello
na noite escura
do pensamento inacabable.
Branco espello
das meniñas dos ollos
alumados.
Vida breve
que fai estremecer,
árbores xa mortas,
parques caídos,
bandeiras insurrectas,
cóbados agolpados,
firmes cunchas,
chascarraschás,
luscofuscos
e soidades varias.
Lume morto,
de ollos azuis,
de mares labrados
en suor e prantos.
E daquela,
cando o lume morra,
morrerá, corazón,
todo aquilo,
latexo máis, latexo menos,
que prendeu
da miña man,
dos meus dedos,
da miña tenrura,
do meu parecer,
do meu espertar,
do meu estremecer,
do meu falar,
do meu calar,
do meu dicir,
do meu sentir,
de ti, corazón,
de ti.
E pensarán
os que pensan
en todo aquilo
que deixou de existir.
E será o amor
a linguaxe dos mortos.
E será o amor
o sentimento
que entre bágoas
costará renacer.
Por non querer
vivir con el,
ás costas,
cunha pesada carga,
incómoda,
no século da información,
onde o trascendental
queda oculto entre fíos e redes.
E será o meu parecer,
parecido,
desgraciadamente,
por moitas mentes,
desas que non pensan,
das que sinten,
co corazón,
corazón.


Adrián Abeal Adham, 12/12/09, 23:27 h.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Que tus rizos sean el rayo del sol

No lo permitas. Déjalo ya. Es inútil, y un IMBÉCIL. ¿Por qué te molestas en derrochar tu vida, tu belleza, tu gracia, tus sentidos, tu voz, tu carisma, tus ojos, tu pelo, tus manos, toda tú, en pensar que algo podría ser posible? Es que ni siquiera merece la pena pensar que algo podría ser posible. Por que no te merece.
Te quiero muy mucho, niña madura.
:)

jueves, 3 de diciembre de 2009

Ella

El día no se prestaba para salir a comprar aquellas malditas latas de aceitunas. El día, realmente, no se prestaba para nada.
Se puso la bata sobre el pijama y se fue a tragar algo de telebasura antes de ponerse a trabajar.
El halógeno de la cocina hacía menos natural todo aquello, con su luz atípica, fuerte.
Después de coger el ordenador comenzó con el balance: hojas y hojas de cálculo, anotaciones, frases sin sentido, fórmulas ininteligibles.
El humo del cigarrillo había acabado de amarillear la hoja del calendario que adornaba sobriamente los azulejos. Y aunque no lo sabía, su alma había empezado a ser hace mucho tiempo amarilla y ceniza.
Ya nada le alegraba. Menos en aquellas fechas, que estaban muy bien cuando tenías 9 ó 10 años, pero que ahora eran verdaderamente patéticas, y excesivamente consumistas.
Cerró el portátil y le dio una última calada a su cigarrillo.
Sin querer, había empezado a apagar su vida, dejando entre ceniza y porcelana negra la apagada colilla de aquel cigarrillo, que le daba el aire para seguir tirando un poco más.